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sábado, diciembre 03, 2005

UN RECUERDO DE LOS AÑOS PERONISTAS

Osvaldo Pugliese
Los primeros cien años de un recuerdo eterno

Por: Roberto Molina (especial para ARGENPRESS.info) (Fecha publicación:02/12/2005)
I
Quienes lo conocieron de cerca lo recuerdan siempre modesto hasta el rubor, delgado como espiga seca de la pampa y atento al extremo con todos los que a él se dirigían.

Así es el retrato exacto del gran maestro del tango Osvaldo Pugliese.

Su trajecito blanco impoluto, los gruesos lentes para intentar aliviar la miopía y una mirada limpia e inquisidora a los labios de su interlocutor de turno- para intentar leer las palabras y disimular una
Osvaldo Pugliese

creciente sordera- son parte de los recuerdos de su personalidad.
Nacido un 2 de diciembre de 1905 en el barrio pobre de Villa Crespo de la capital argentina, puede decirse que abrió sus oídos primero que sus ojos (y eso parece haber sido demasiado para él), gracias a su padre flautista y a dos hermanos violinistas.

Su progenitor quiso inclinarlo hacia la melancolía del violín, pero prefirió la vitalidad del piano, pudo con muchos sacrificios personales y familiares comprarse uno y estudiarlo en un conservatorio de barrio.

De acuerdo con un esbozo de su biografía, su debut profesional fue a los 15 años tocando desde las 18.00 hasta las 01.00 en un café porteño popularmente conocido por el expresivo nombre de La Cueva del Chancho, una referencia elíptica a la alegada escasa higiene del propietario.

Se afirma que 1927 fue el año de su gran salto adelante al entrar como pianista en la orquesta del gran bandoneonista Pedro Maffia.

Después le siguió el dúo con Elvino Alvarado, violinista de esa agrupación, y más tarde formó un conjunto con otro virtuoso de ese instrumento de cuerdas, el afamado Alfredo Gobbi.

Cuentan que el grupo decidió un día darle una oportunidad a un joven desconocido, pero que para esa época hacía maravillas con el bandoneón, llamado Aníbal Troilo (¡¡..!!).

De ahí en adelante fue una carrera de éxitos de más de mesio siglo, a veces interrumpida por las veleidades de la política (como narrará más adelante un amigo), que lo convirtió en referencia obligada cuando de tango se habla.

El autor de esta nota tiene el privilegio de reproducir a continuación un diálogo con quien lo conoció- y tuvo el privilegio de su amistad- en circunstancias adversas y en diversos escenarios dentro y fuera de su Argentina natal.

Enrique Bashkansky, hoy con sus 85 años a cuestas, un poco “en baja” como él mismo dice por sus achaques de salud, estalla de alegría que se le nota en la voz y en el brillo de los ojos cuando habla de Pugliese.

Narra que, siendo quiceañero, al igual que otros jóvenes de su humilde condición social de obrero, aprendió a bailar el tango, lo cual se hacía por aquel entonces entre varones en los clubes de barrio.

“Yo lo hice en un club de boxeo, de donde provenía uno de los púgiles más famosos de la Capital Federal, Justo Suárez se llamaba, muy popular, un referente de la vida porteña de aquel entonces.

“Y a Osvaldo Pugliese lo conocí durante la segunda presidencia de (Juan Domingo) Perón, cuando ese líder comenzaba a retroceder, y justamente el músico llenaba los clubes más famosos y populares de la capital. Pero no íbamos, curiosamente, a bailar lo aprendido, sino a escucharlo.

“Teníamos una verdadera devoción por él, y recuerdo que durante las frecuentes, aunque breves, detenciones a que lo sometían las autoridades de entonces, en el escenario el teclado de su piano tenía un paño rojo, porque él no estaba, y una flor.

“Cuando nosotros asistíamos a esos bailes y no bailábamos, ya estabamos ovacionando sin decirlo a un gran hombre cuyo rasgo fundamental para mí es la modestia.

“En 1954, estuvimos presos simultáneamente en la cárcel de Villa Devoto- yo ya llevaba un tiempo largo, él estuvo por muchos meses menos- y en aquel entonces éramos más de ocho mil allí.
Recuerdo que cuando nos sacaban una vez por semana a tomar el sol y el aire- en una canchita de fútbol llena de piedras donde uno se lastimaba con mucha facilidad- la cárcel en su conjunto se sacudía.

“Miles y miles y miles de presos comunes- asesinos, ladrones, etc- rugían en los cinco pisos de la prisión, agarrados de las rejas, a los gritos de ¡Maestro!, ¡Maestro! Y de eso es imposible olvidarse, fue un verdadero ídolo popular.

“Y él, tan flaquito, pequeñito físicamente, con sus pantaloncitos y sus zapatillas de fútbol, se inclinaba cada tanto hacia cada lado del edificio, modesto, sin poder articular palabra, simplemente emocionado.

“Osvaldo fue un admirable defensor de la esencia de los derechos de su clase. No fue obrero jamás. Pero jamás fue un patrón. La empresa que él organizó durante largos años, un verdadero modelo, fue siempre una cooperativa, y sus músicos y cantores- especialmente sus bandoneonistas y violinistas- admirados en todas partes.

“El siempre estuvo al frente por los derechos humanos, jamás negó su participación en una lucha así.

“Era muy modesto. Quizás la sordera que padecía- y que le perseguía- contribuía a que siempre indagara, aún con la mirada. Uno le hablaba y él siempre posaba los ojos sobre uno tratando de captar mejor lo que la persona le decía.

“Cuando Osvaldo se separó de su primera esposa- es padre de Beba,una música muy conocida- se unió a quien es su viuda, Lidia. Esta mujer, muy amiga de Adela, mi esposa, y Pugliese, nos visitaron cuando vivíamos en la entonces capital de la URSS en 1986 y de ahí salió un reportaje para Radio Moscú.

“Aquí, estuvimos varias veces en su departamento en el barrio de Once, muy modesto, muy acogedor, que transpiraba su personalidad y por eso hago hincapié en destacar ese rasgo de modestia de este hombre, a pesar de ser un ídolo popular tan querido y admirado por la gente.

“Un poeta de Mar del Plata, Domingo Cioppi (un concurso literario en esa ciudad balneario lleva su nombre, n del r), en 1975, impresionado por la personalidad de Pugliese, escribe unos versos, Tiempo de bandoneón, que lo retratan de cuerpo y alma:

Quiero, entonces,/
rescatar al hermano/
de billar y café,/
inventar nuevas calles/
y sin hablar siquiera,/
sólo pensando en tango,/
caminar lerdo hasta el final,/
o al comienzo,/
de cada madrugada.

“Como militante comunista, desdeñaba todo el oropel de estar vinculado con los dirigentes, era un hombre de su base, pero nunca se dejó atrapar por lo que brillaba, su modestia lo llevó siempre a estar más pendiente de lo que enviaba y recibía abajo, que de sus relaciones con la dirección”.

Y la gente de abajo así lo comprendió.

La mejor muestra de ello es que sólo hoy, en el centenario de su natalicio, el gobierno de la ciudad inaugurará una plazoleta con su nombre en el barrio donde nació.

Pero los humildes vecinos de otro barrio bonaerense, Villa Martelli, en ocasión de su desaparición física hace 10 años, en julio de 1995, reunieron fondos y urgieron a las autoridades para levantar un sencillo busto a aquel Maestro que vociferaban los presos de toda clase en 1954.